6 de enero de 2018

Mi vuelta al teclado

Tras unos años viviendo en Londres, vuelvo a España con ganas de reinventarme y con nuevas ilusiones. Una de ellas volver a mi vocación, la comunicación.

Hace más de 7 años que no ejerzo la profesión de periodismo. Lo cual no significa que haya estado parada, ni mucho menos. He pasado por una fase de conocimiento interno y he me he puesto a prueba. Volví a empezar de cero, volví al cine. No, no como una estrella de la pantalla a lo Kate Winslet. ¿Qué os habías creído? Empecé sirviendo palomitas, y ni siquiera palomitas recién hechas, no, venían en paquetes ya hechas. Una pena. ¿Qué ha sido del olor hipnotizante de las florecitas de maíz? En fin, el consumismo y la búsqueda del beneficio inmediato de esta gran ciudad no fueron sus virtudes más atrayentes para mí. Pero no me quiero despistar. Volvamos a la historia.

Antes de ir a Londres había trabajado en prensa casi ininterrumpidamente durante 10 años. Estuve en televisiones locales, prensa local y un par de revistas nacionales. Ah, también en una web de contenido cultural.

Pero un fatídico accidente de tráfico me dejó aparcada por un tiempo, el tiempo en el que llegó la crisis económica de 2008-2009. La prensa nacional en general sufrió un declive pero también un reciclado hacia las nuevas tecnologías y la nueva forma de hacer periodismo. Un periodismo sujeto a los nuevos formatos: páginas web, periodismo digital en constante actualización, redes sociales y un sinfín de plataformas y aplicaciones, sin menoscabar la presencia de bloggers que empezaban a inundar el panorama de nuevos (pero también menos “profesionales”) informadores.

Pero da igual la profesionalidad, que en resumidas cuentas se basaba en la confrontación de fuentes informativas y la investigación, contrastando las diferentes versiones de un mismo hecho. Por una parte la inmediatez requerida por la nueva fórmula digital y por otra la facilidad de conectar con un vasto número de personas ha hecho del blog y las redes sociales un serio competidor (sino destructor) del periódico de toda la vida, sujeto al papel y el cierre de edición.

La crisis, además, con la consabida reducción de publicidad y recursos, produjo también la desaparición de una gran cantidad de medios de escala pequeña y/o local. Una reducción de medios que también facilitó la concentración de los supervivientes.
El darwinismo económico se puso en marcha, sólo los fuertes o los mejor adaptados continuarían existiendo.

Mi fuerte nunca ha sido el venderme porque tal vez no hacía falta. Siempre conseguía trabajo. También era más joven. En España se sobre valora la juventud. O, mejor dicho, se infravalora la edad. A mayor edad, menos te quieren en una empresa.

Así que después de mi accidente me vi en una encrucijada. ¿Volver a formarme o volver a empezar de nuevo con la búsqueda agotadora de una nueva oportunidad laboral?
Opté por la primera (aunque al mismo tiempo también incluía la segunda), como si dos titulaciones no fueran suficientes. Me hice un máster en Comunicación Política e Institucional que pude pagarme gracias a la indemnización por el accidente. Aparte del conocimiento y el reciclaje hacia un periodismo de gabinete que nunca había buscado anteriormente, ya que me gustaba “la calle” y encontraba la prensa “de despacho” desprovista de emoción (nada más alejado de la realidad, ya que ambas opciones encierran la doble verdad, ambas pueden estar desnudas de emoción y ambas pueden ser apasionantes); aparte de ello, decía, esperaba obtener unas prácticas que me dieran un pequeño empujoncito. Pero estas prácticas no llegaron. Promesas incumplidas por parte de la Universidad Carlos III en este caso.

Una vez acudí a una bochornosa entrevista para una agencia de comunicación en Madrid en la que me preguntaron mi edad y me recordaron que buscaban a alguien joven, de unos 25 años, con alguna experiencia profesional y alto nivel de inglés (lo del alto nivel de inglés me lo encontré en repetidas ocasiones, aunque en la empresa en cuestión no trabajaran con una clientela anglosajona o foránea). En cualquier caso aquélla gente me llamó teniendo ya cumplidos 36 años, con más de 7 años de experiencia en medios y un nivel de inglés pasable, aunque (como más tarde comprendería bien al trasladarme a Inglaterra) más bien se podía considerar bajo.

Por supuesto no me cogieron... pero yo no dejaba de preguntarme ¿por qué coño me llamaron para la entrevista si yo no era lo que buscaban? Era sólo para un puesto de prácticas mientras hacía el máster, ni siquiera era remunerado. Pero el hecho de no poder conseguir siquiera una oportunidad así me frustró muchísimo.

Así que tras acabar el máster, con gran satisfacción, por otra parte, ya que el trabajo de fin de curso -un plan de comunicación para el entonces recién estrenado Centro Cultural Internacional Óscar Niemeyer de Avilés, mi ciudad natal- obtuvo una valoración muy alta, decidí que sólo me hacía falta el tan aclamado ‘alto nivel de inglés’ que se me exigía aquí y allá, y que lo iba a conseguir yéndome directamente a su país de origen. Fuera tonterías. Allá donde lo hablan.

Me trasladé a Londres, pues, con la idea de estudiar inglés y ganarme algún dinerillo en un trabajo que me diera la posibilidad de practicar el idioma. Y así hice, a los 15 o 20 días de entrar en el país ya tenía trabajo y habitación en un piso compartido con jardín y chimenea, lo típico. Charming (encantador). Me inscribí en un curso de inglés para extranjeros al que acudía 3 mañanas por semana y el resto del tiempo servía palomitas y vendía tickets en el mayor cine de UK (o eso decían ellos) situado en un centro comercial enorme, Westfield Shopping Centre, en Shepperds Bush, Londres.

Aquélla experiencia me sirvió para soltarme con el idioma a pasos agigantados. Colas enormes de clientes pasaban por mi caja sin descanso. Uno de mis primeros días tuve un cliente muy borde que, al no aclararme mucho de lo que me pedía y ante mi cara de estupefacción, me espetó un “pues si no entiendes lo que te digo ¿que coño haces en este país?”. A lo que yo con una amplia y dulce sonrisa contesté “aprender su idioma”. “Algo que tú nunca harás con el mío aunque vayas todos los años de vacaciones a Canarias, so pánfilo”, me hubiese gustado añadir, pero, claro, no lo hice. Eso sí, el cliente no me replicó... o si lo hizo dio igual, porque no le entendí.

Mi intención era la de volverme a España en un año, como máximo. La gente que iba conociendo me decía que hasta después del primer año no te sueltas y que después de 3 es cuando realmente te comunicas bien. “¡Oh la lá!¡ Tanto tiempo!”, pensaba yo. Tenían toda la razón.
Al final estuve 5 años y medio. En este tiempo fui progresando laboralmente y por lo tanto económicamente. Lo bueno del mercado laboral inglés, o al menos del londinense dada la alta actividad empresarial y emprendedora que hay en la capital inglesa, es que hay una movilidad fantástica. Allí no te miran la edad, ni el sexo, ni le dan tanta importancia a tu nivel de estudios. Sí que valoran tu experiencia, no importa de dónde venga, si es de un trabajo voluntario, o de tu propia iniciativa también lo tienen en cuenta; incluso les gusta que haya cierta variedad en tu curriculum.

Trabajando de teleoperadora tuve la ocasión de volver a pintar. Sí, suena raro. Mejor lo explico. Mientras esperaba que me entrasen nuevas llamadas dibujaba en el ordenador con el Paint, un programa de dibujo sencillito que viene en todos los Windows. Digo volver porque durante muchos años, sobre todo cuando era una adolescente, pintaba al óleo. Una actividad que echaba de menos. La mezcla de colores, las texturas, los olores... la tranquilidad que me había dado la pintura no me la había proporcionado otros hobbies y volver a dibujar me hacía reencontrarme con una parte creativa de mí misma que había dejado en hibernación.

Mis compañeros veían mis dibujos y me decían “¿qué haces aquí?” “¿Por qué no haces algo en serio con ello?”. No me creo un Vincent Van Gogh ni nada parecido pero es verdad que el arte para mí siempre ha sido liberador y la idea de poder rentabilizar un talento, lo que se dice “vivir de ello”, sería cumplir un ideal de vida. Animada por la gente más cercana a mí, me puse a ello. Empecé a pintar... camisetas. Sí, hice una serie de camisetas impresas con mis diseños y otras las pintaba a mano. Y así nació Square Fish (www.tshirtsquarefish.com). Comencé con un puesto en el mercado de Spitalfields y luego pasé a Camden Town. Las ventas no fueron buenas. Apenas me daban para pagar el alquiler del puesto en el mercado.

También creé, junto con un buen amigo informático, una web donde vender mis prendas. Y redes sociales. Pero tampoco conseguía ventas. Y pronto tuve que buscar otra forma de ingresos y volver al mercado laboral.

Aunque no conseguí que mis Square Fish despegaran aprendí una lección muy valiosa. Hay que poner toda la carne en el asador. Hasta la muerte (figurada, claro).Y yo no la puse, o no la tenía o no supe. Pero esa es la verdad.

Mis dos últimos años trabajé en una empresa de importación y distribución de alimentos haciendo de todo. Bueno, de todo menos repartir los productos, que era lo que me faltaba. Porque empecé de recepcionista-administradora-atención al cliente-asistente en contabilidad y pasé a hacer todo eso más presentar productos ante grandes cadenas de alimentos, preparar folletos de promoción, tomar y editar fotos de los productos para usarlos en catálogos que yo misma realizaba... ah, y si me olvidaba, servir cafés a los jefes e invitados. Todo lo que me pedían, más lo que yo aportaba de mi propia mano, lo hacía. Y además lo valoraban y reconocían.

Algo también un pelín nuevo para mí. En España es difícil que reconozcan tus logros. Los jefes y empresarios deben temer que les pidas mayor sueldo si te aplauden.
Cosa que una debería hacer, por supuesto, lo de pedir aumento, me refiero, sobre todo si el salario es irrisorio. Pero no siempre uno desea más dinero, sino también reconocimiento a tus esfuerzos extras.

No me quiero ir por otros derroteros. Continúo.

El caso es que en 5 años mi inglés mejoró, y mucho. Mi vida era en inglés. Lecturas, televisión, amigos, trabajo. Todo era en inglés. Empecé de hecho a notar que ciertas palabras españolas se me borraban de la memoria inmediata. El fin que buscaba al irme a Inglaterra lo había conseguido. Y Londres, una ciudad apasionante de verdad, también se hacía dura en ocasiones. Y yo tenía claro que no quería envejecer en ella.

Así que volví a España. Mi paquete de formación rebosa. El de la experiencia incluso más. No es suficiente reciclaje. Lo sé. Y duele. Duele el tiempo a las espaldas, los esfuerzos, las marchas hacia atrás para coger impulso, las distancias sufridas en silencio... aunque haya merecido la pena, duele. Y hay que aparcar el dolor y reinventarse. Sin telarañas tejidas por el miedo y la frustración. Sin más y punto.

Nunca lo dejé en realidad, pero hoy debo anunciar que vuelvo a escribir. Que sigo aquí.

(Y no, no dejaré de pintar camisetas, me salen muy monas, la verdad. Una no puede evitar ser multifacética).

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